EL ODIO ES ANTIPOLÍTICO.

ALMA PERÉZ ABELLA.
Miembro de la EOL y la AMP.

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Que el odio es antipolítico lo sabía muy bien N. Maquiavelo, es por eso que en su texto El príncipe (1513) insiste a lo largo de varios capítulos en que siempre es mejor no provocar el odio, por eso recomienda hacerse temer más que amar. Ese tratado político modificó la virtud humanista cristiana por la astucia basada en la fuerza y el engaño, afirmando cuestiones tales como que “(el príncipe) debe hacerse temer de manera que, si no logra el afecto, que al menos evite el odio (…) ser temido pero no odiado” (p. 105).

“El odio es antipolítico” es la respuesta certera y precisa que da José “Pepe” Mujica cuando le preguntan si siente odio hacia aquellos que lo torturaron. Agrega que “muchos se quedan prisioneros del odio”, y esa parece ser una prisión peor que la que le tocó a él y dos de sus compañeros —Mauricio Rosencof y Eleuterio Fernández Huidobro— durante doce años.

La película La noche de 12 años (Brechner, 2018) confirma que el arte, en especial el cine y la música, logran pasar a la inmortalidad ciertas situaciones de un momento histórico determinado. No se trata del mero ejercicio de historizar, eso no lleva lejos. Se trata de tocar el cuerpo de los sujetos, en cualquier tiempo, por conectarlo con acontecimientos que hacen a los diversos traumatismos de la civilización, de los cuales también él es producto.

Que la pulsión de muerte quede fuera de sentido y sin límites es una de las consecuencias de la decadencia de lo simbólico. Esta película toma en sus manos el ejercicio de armar un relato de lo indecible, anudando lo acontecido, aún presente, sin la menor intensión de anular su real, no cubre lo que del relato hace agujero.

La indignidad de los sucesos vuelve inevitable la pregunta por el odio. Claramente no es la pasión que caracteriza a los prisioneros tras ese encierro y las torturas, no aparece el odio como una solución para salir del lugar de desecho. No aparece el odio como manera de hacer consistir a un Otro absoluto, más allá de la ley, con el cual mantener un lazo sintomático signado por el ejercicio de la violencia.

El odio no tiene tratamiento vía lo simbólico. Se trata entonces de la deconstrucción del odio, no por la vía de las utopías, tampoco por los “nuevos ideales”, sino por una operación lógica que distribuya las pasiones —amor, odio e ignorancia— entre los tres registros RSI.

Si el odio deja al parlêtre en posición de indignado, hacer desde lo más propio del síntoma le devuelve su dignidad y por esta vía la posibilidad de actos que propicien el lazo y no su destrucción. Con esta perspectiva quizá pueda leerse el hacer político de José “Pepe” Mujica antes, durante y posterior a su llegada a la presidencia de Uruguay, o de Fernández Huidobro a cargo del Ministerio de Defensa.

El odio es antipolítico: en el sentido de lo político partidario lo es porque no acepta la diferencia y cuando aparece se dirige a la destrucción de ese Otro que goza distinto.

En cuanto a la política del psicoanálisis el odio, en tanto pasión del ser cercana a lo real pero que lo rechaza, va en contra de la ética del bien-decir, que incluye la diferencia, lo que no marcha, un real y algún velo, condiciones notables para el humor, lo más digno y esperado de un análisis.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

  • Maquiavelo, N. (1532 [2013]). El príncipe. Buenos Aires: Ed. Ariel.

  • Mujica, J. Entrevista realizada por Antonio de la Torre, para diario Málaga Hoy. En:https://www.malagahoy.es/ocio/Antonio-Torre-odio-antipolitico-superarlo_0_1301870351.html