¿VIOLENCIA/CIVILIZADA?

BÁRBARA NAVARRO

Miembro adherente del Departamento de «Psicoanálisis y Cuerpo» del CIEC. Miembro de la EOL y la AMP.

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Una imagen inquietante persiste desde hace bastante, año 2003, motivada por la película Dogville (Lars Von Trier, 2003). Algo quedó retenido de ese austero escenario y compleja historia: todos muy educados, buenos vecinos, muy civilizados, hasta un momento en que toda la armonía estalla por el aire. El detonante: la aparición de lo nuevo, lo otro, la diferencia.

De algún modo, cierta captura del film quedó retenida en la memoria y aparece al modo de alarma frente a ciertos escenarios, más o menos austeros, pero con la misma compleja historia.

Advierto con gusto cómo ciertos movimientos han ido logrando conquistas frente a algunos modos de abuso que muchas minorías soportaron tradicionalmente. La búsqueda de defensa y reivindicación de derechos a través de organizaciones, —mujeres, inmigrantes, homosexuales, víctimas de terrorismo de Estado, etc.— fueron movilizando al Estado y ejerciendo cierta presión para recibir apoyo y aggiornarse con nuevas leyes que tipificaran ciertos actos como delitos y posibilitaran cierto amparo.

Por supuesto esa lucha continúa para esos mismos grupos que la iniciaron y otros que van surgiendo en su incipiente defensa, enhorabuena que eso ocurra y que el compromiso en esas búsquedas sea asumido, sino por todos, por la mayoría.

Al mismo tiempo, descubro con asombro, que en el seno de esos mismos grupos, “¿minorías de la minoría?”, que de algún modo han sido víctimas, el surgimiento de ciertas conductas, actos, que aunque en oposición, se asemejan o igualan al de sus victimarios.

Tras una marcha por la igualdad de género, en pos de conseguir los mismos derechos, en denuncia de la violencia de la que el género femenino ha sido víctima, un reducido grupo de mujeres en un bar mientras brindan y festejan por sus logros por venir, al escuchar reproducirse en disco un tema musical interpretado por Gustavo Cordera, tiran los objetos de la mesa, arrojan las banquetas a los vidrios del local, insultan, vociferan, amenazan con una botella cortada.

Primera impresión: “la violencia engendra violencia”. Respuesta accesible en primera instancia, tras pensar cómo de algún modo la víctima aprendería a defenderse con la modalidad con la que padeció a su victimario.

Pero, si “la violencia engendra violencia”, surge una inquietud: ese acto en el bar, ¿qué efectos tendrá? ¿Será posible que eso también genere violencia? Si esa hipótesis fuera cierta, “la violencia engendra violencia”, se trataría cada vez de un eslabón más, cadena a un infinito y más allá. Un acto conduciría a otro, y así… ¿sucesivamente sin parar?

Hay modos más “civilizados” seguramente… Adviene la idea de la violencia hacia sí mismos a la que los sujetos se someten al habitar este sistema capitalista. Las demandas de rendimiento, éxito, velocidad, y más, para acceder al “campo de grosellas”.

Entonces vuelve cierta imagen de Dogville, que confronta a una pregunta o callejón sin salida, por la paradoja que encierra: la violencia ¿se puede civilizar?

Lo “civilizado” reprime a lo “salvaje” nos enseñó Freud. No sin costo. El de un “malestar” nos dijo. Y también nos dijo sobre la imposibilidad de la armonía y la paz, sobre lo inevitable que eso “salvaje”, violento o agresivo purgue de algún modo.

Lars Von Trier lo ilustra bien: es imposible que reine la armonía en Dogville.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

  • Freud, S. ((1930 [1929]) [2009]) “El malestar en la cultura” en Obras Completas. Tomo XXI. Buenos Aires: Amorrortu Editores