ROLANDO – Muchas preguntas, una orientación 2018-03-19T23:18:00+00:00

MUCHAS PREGUNTAS, UNA ORIENTACIÓN

LUCIANA ROLANDO
Miembro adherente del  Departamento de estudios “Psicoanálisis y Cuerpo” delCIEC, miembro de la EOL y la AMP.

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J-A Miller (2015) en su curso Todo el Mundo es Loco nos involucra una vez más, directamente en la ultimísima enseñanza de Lacan y en la ultimísima práctica.

Todo el mundo es loco, es decir, ante el real que cada quien confronta, el sujeto se defiende como le es posible. Arma su defensa de acuerdo a las posibilidades según su propia historia. Escribe su propia novela, su delirio.

Escuchamos sujetos que sufren de síntomas que son comunes en el discurso social, de fácil y rápido diagnóstico; algunos de ellos: depresión, trastorno bipolar, anorexia, bullying, hiperactividad, entre muchos otros. Síntomas o modos de nombrarlos que se sostienen en el colectivo social podríamos decir, muchas veces funcionan como herramientas con las cuales se puede contar, pero muchas veces no son suficientes para que el sujeto viva dignamente.

Sin embargo detrás de ese delirio, de esa novela que cada uno se construye se esconde lo que verdaderamente orienta al sujeto en su vida, su brújula, su singularidad, lo más propio que pueda tener, lo más íntimo, y tal vez lo que también se puede volver lo más evidente cuando ingresa, si así lo decide, en el discurso analítico.

Desde esta perspectiva hace 20 años aproximadamente Miller nos propone un nuevo carril a recorrer. Nos dice que debemos investigar sobre los casos raros. Casos donde su modo singular de anudamiento no permitía fácilmente enmarcarlo dentro de un diagnóstico ya sea psicosis o neurosis. En el marco del dispositivo de control y escuchando a colegas y su clínica, concluye que las herramientas no eran suficientes, algo comenzaba a tomar otro rumbo. Ya no se escuchaba la clara separación estructural.

J-A Miller (1987-1988 [2011]) había introducido su pregunta al respecto con sus 13 clases sobre El hombre de los Lobos a finales de 1987. En dicho texto al finalizar la primer clase y luego de ubicar la posición de Freud y de Lacan respecto al diagnóstico del caso, Miller nos dice “El hombre de los lobos no es un neurótico como los demás” (p. 22)

Diez años después en 1996 y 1997 se llevan a cabo en Francia dos conversaciones clínicas publicadas bajo el título Los Inclasificables de la Clínica Psicoanalítica y luego en 1999 completa el ternario, La conversación de Antibes, que se publicó bajo el título Psicosis Ordinarias.

Y nuevamente tuvieron que pasar otros 10 años hasta su conferencia pronunciada en julio de 2008, Efecto retorno sobre la Psicosis Ordinaria donde nos pone al trabajo de otra manera. Parece el cuarto elemento luego del ternario anterior, necesario para producir un anudamiento en la transmisión. Un punto conclusivo en esta serie de conversaciones.

Respecto a esta última digo que nos pone al trabajo de otra manera porque si bien Miller siempre nos orienta bajo el anudamiento episteme, clínica y política, considero que en este texto despojado de la clínica pura, la cual ya había sido trabajada y estudiada anteriormente, nos pone ahora frente a lo que para el analista puede ser un obstáculo, que los nombro como los propios enredos con los propios conceptos.

Más allá de dar cuenta de ciertos datos orientadores, claros y precisos para realizar un diagnóstico de psicosis ordinaria, nos enfrenta al propio interrogante, a lo que a cada uno de nosotros nos provoca la pregunta ¿cómo diagnosticar una psicosis ordinaria? Nos apropiamos de dicho concepto y nos ocupamos de constatar datos en nuestra propia clínica, nos hace responsables de la posición de los analistas ante los casos que rápidamente los nombramos raros y los incluimos bajo el nombre de psicosis ordinaria, advirtiéndonos de que en realidad de lo que se trata es de ubicar la singularidad por la cual los nombramos de esa manera y poder decir, argumentar de qué psicosis se trata.

No nos exime para nada de hacer un diagnóstico estructural sino más bien nos introduce en una nueva clínica — ¿nueva?— la “clínica de la tonalidad”. Nos separa de la fascinación por inscribir los casos que son difíciles de diagnosticar bajo la rúbrica de psicosis ordinaria y nos lleva al detalle, nos confronta con las propias dificultades de la formación, con las propias imposibilidades que hacen de velo en la escucha de ese detalle, del signo discreto que hace que un sujeto se anude a la vida. O bien por el cual padece la pérdida del sentimiento de ésta. Nos ubica en el ojo del tifón, “cuando se intenta desencadenar un tifón, hay que estar ubicado en el ojo. Muy tranquilo, muy sereno (…) Es la esencia de la posición del analista” (Miller, 2015. op. cit. p. 12), no dejarse llevar por la sugestión, por lo que va demasiado rápido, no embrollarnos con el embrollo del sujeto.

Entonces me pregunto ¿Qué dato singular es necesario extraer ya sea para confirmar o no una psicosis ordinaria? Es decir, ¿cómo decir del signo que da cuenta que de lo que se trata es de una psicosis diferente a las otras? O ¿cómo decir de esa singularidad que anuda a un sujeto? Más allá de la estructura aunque no dejamos de incluirla.

Porque de entrada no escuchamos un delirio claro, porque no hay un sujeto que evidencia inmediatamente en su lenguaje estar fuera del mismo, porque las alucinaciones no son tan evidentes como para dar cuenta del agujero forclusivo del psicótico tempranamente. Sin embrago algo nos resulta raro. Algo de la rareza del sujeto nos despierta del sueño de la neurosis.

Nos encontramos con síntomas que dejan de ser repetición para ser fijeza. Eso inamovible que se presenta cada vez en la enunciación del sujeto acompañando la angustia intensa que nos dice de la proximidad discreta pero riesgosa al borde del agujero.

Freud en 1925 nos decía en su texto La Pérdida de la Realidad en la Neurosis y la Psicosis:

…tanto neurosis como psicosis expresan la rebelión del ello contra el mundo exterior; expresan su displacer, o si se quiere, su incapacidad para adaptarse al apremio de la realidad. Neurosis y psicosis se diferencian mucho más en la primera reacción, la introductoria, que en el subsiguiente ensayo de reparación (Freud (1923-1925 [2007]) p. 195)

Nos anticipa la sutileza que hace la diferencia. Esa sutileza que implica al analista con la clínica de la tonalidad. No todo neurosis, pero también no todo psicosis.

Contamos con la discreción del analista en su posición alojando eso que habla tal vez en el mayor de los silencios… o en el menor de los ruidos.

Camino a la Paz

Muchas preguntas, una orientación: El Nombre del Padre, su ausencia o su presencia. De lo que se trata es de dilucidar cada vez este punto en la clínica como herramienta para el analista a la hora de dirigir una cura.

Desde el primer momento, escuchar el nombre de la película Camino a la Paz (Varone, 2015) al menos a mí me resonó equivoco. Nombre que representa muchas veces el motivo por el cual se recurre a un análisis: un poco de paz. Cómo hacer para vivir un poco mejor.

Una pequeña decepción cuando veo que se trata de un viaje de 30.000 km de recorrido desde Buenos Aires hasta La paz —Bolivia—.

Los protagonistas son una pareja conformada por un joven llamado Sebas (Rodrigo de la Serna) y un anciano llamado Jalil (Erneto Suarez).

Pero surge la pregunta, ¿Qué puede ocurrir en 30.000 kilómetros entre dos desconocidos?, vuelve el enigma que causa.

El anciano orientado por su religión, costumbres y tradiciones, por los nombres del padre pluralizados que cumplen la función de brújula.

El joven, holgazán y desbrujulado. Atrapado por el duelo del padre muerto, agarrado a un objeto imaginario haciendo de ese objeto la falsa baliza fálica. Eso que solo se sostiene por la creencia y que no llega a ser lo suficientemente consistente para amarrar el simbólico y el real. Un amarre que lo sostiene, claro que sí. Sin embargo, como decía, no parece suficiente ya que despierta en él el enojo, afecto que le provoca malestar casi todo el tiempo obstaculizando al protagonista a un hacer del lado de la vida, a un hacer de acuerdo a su propio deseo.

La película transcurre en el viaje, el recorrido que emprenden ambos. El viejo y el joven. Un viaje teñido de contingencias y sorpresas, con el enojo como principal afecto del joven y la tranquilidad o paz del viejo. Cuasi un recorrido analítico.

Cada situación, contingencia, cada momento, no deja de merecer su interpretación, su enseñanza, un viaje donde la escucha toma vida del lado de cada personaje, donde la escucha es el camino, la ruta que empieza a recorrer el joven, el camino que el viejo le ofrece. Otro camino posible. El de la contingencia y la apuesta, el de la elección por la vía de la vida.

No se trata de ubicar en los personajes más que la locura de cada uno. Esa que nos orienta en lo más íntimo. Con o sin el nombre del padre. Descubrimos en este viaje la fuerza de lo que marca a un sujeto. La fuerza que se impone como un tifón. Lo que le sirve de brújula. Un viaje que abrió otros momentos y posibilidades. No sin un primer sí.

Una apuesta. Eso es lo que nos proponemos los analistas y los analizantes cada vez. Una apuesta primero y un intento cada vez de sorprendernos y dejarnos llevar por eso que hizo marca alguna vez.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

  • Freud, S. (1923-1925 [2007]) “La Pérdida de la Realidad en la Neurosis y la Psicosis” en Obras Completas. Tomo XIX. Buenos Aires: Amorrortu.

  • Miller J-A. (2008) “Efecto Retorno sobre la Psicosis Ordinaria” en Revista El Caldero Nº 14. Año 2010. Grama Ediciones.

  • Miller J-A. y otros (1999) Los Inclasificables de la Clínica Psicoanalítica. Buenos Aires: Paidós.

  • Miller J-A. y otros (2003) La Psicosis Ordinaria. Buenos Aires: Paidós.

  • Miller J-A. (1987-1988 [2011]) El Hombre de los Lobos. Serie Tyché. Buenos Aires: Unsam.

  • Miller J-A. (2015) Todo el Mundo es Loco. Buenos Aires: Paidós.