EL PODER, EL GOCE Y UN REAL: LA DESTRUCCIÓN

ANA SIMONETTI
Psicoanalista AME en Córdoba, Argentina

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Tiempo atrás leo en un diario de domingo, que nos ofrece más platos sobre política internacional que la de otros días, una nota sobre lo que estaba ocurriendo en Afganistán. Al leerla tuve la sensación del déjà vu, entre perpleja y azorada: la noche anterior había degustado un par de capítulos más de la serie Homeland (Showtime: 2011-), que describía casi exactamente lo que reflejaba esa nota. La realidad y la ficción, el mismo fantasma.

La civilización actual, tal como la tomamos en esta parte del planeta pero que consideramos como un fenómeno global, es una civilización de antihéroes, sin héroes. Y Homeland lo refleja muy bien.

Carrie (Claire Danes), Saul (Mandy Patinkin) y Quinn (Rupert Friend), a mi gusto, es un trío que mantiene la saga de las temporadas desde el comienzo hasta el fin de la última. Cada uno en su locura y su soledad, logran trasmitir la debilidad, el éxito y el fracaso en sus vidas, en sus planes, y en la de los Estados involucrados. Agrego un cuarto, Brody (Damian Lewis), que agujerea al trío. Él mismo encarna al esposo, padre de familia que hubiera querido ser maestro, y que tras unos años en esta guerra —ya antes del ataque a las Torres Gemelas— en la que vive horrores que lo quiebran, transforma su perspectiva de la vida, la familia, el amor y la lealtad.

Carrie, el personaje femenino con una pasión por salvar a la humanidad en riesgo de destrucción islámico, dispuesta a responder a cualquier contingencia, también nos ofrece una excelente muestra de lo que el DSM llama bipolaridad y sus tratamientos, por cierto medicamentosos, incluso la terapia electro-convulsivante —TEC—, y más, elegido por ella misma. Muestra del libre albedrío: nos ilustra de las ventajas y desventajas en la voz de su mentor, Saul, así como la decisión de una elección que prácticamente ya no se realiza hace décadas, por que el mercado de medicamentos es mucho más rentable que la TEC.

Saul, que la cobija y que cede una y otra vez a la presión que ella ejerce, sabe hacerlo, es consecuente —burócrata— con su amo, pero sospecha de él, lo que lo dispone a dejarse orientar por ella debatiéndose entre el “bien hacer” y la persuasión femenina.

Quinn, “el que mata a los malos” como él mismo se nombra, el más notable personaje que encarna la soledad, la del goce del Uno solo, en una fusión de escopia y sadismo que a veces se deja teñir por el amor.

Pinceladas apenas de los personajes centrales, porque vale la pena entrar en la serie, profundizar y leer la diversidad de situaciones y lazos, la planificación de ataques, los fracasos de la inteligencia más sofisticada… y lo que da escalofrío sin ser una serie de terror al modo clásico, la voluntad de matar y/o morir, pura pulsión de muerte…

Freud (1932-1933 [2008]) ya explicó cómo el hombre cuenta con una cara de la pulsión que tiende a destruir y matar. Hablaba de “su guerra”, por la que tuvo que elegir el exilio. Lo que él proponía como eventual salida, es apostar a que el factor de evolución cultural obra contra la guerra.

No es esa la situación que advertimos en Homeland, y en nuestro mundo actual. Más bien parece jugarse un real desembozado, un goce ilimitado que ningún factor cultural le hace contra. Más bien la más fina inteligencia, los elementos más meticulosos de la ciencia, en tanto variables culturales, se ponen a su servicio.

Estados Unidos produce alrededor de 500 series diversas, y les reconozco lo que antes —allá por los años ‘70/’80— encontraba en su cine: una capacidad para pintar y hasta denunciar muy bien su conservadurismo así como su ferocidad para ejercer su poder en el mundo, más allá de lo que el estadounidense medio advierte. Y diría, como mejor advertimos quienes estamos en otras partes del mundo, atentos a ese dominio, en particular cuando de dominio, invasión y muerte en otros países se trata.

Creo que la cultura de occidente, diversa pero homogénea a la hora de hacer su oposición al fundamentalismo oriental que pinta bien la serie Homeland, ofrece esta mirada que mira fascinada la cruda desnudez con que se realiza en ella el poder y la corrupción, el cinismo y el escepticismo, la “humanitariería de mando”, como Lacan (1973 [2012]) nombra lo que viste “nuestras exacciones”, al ser interrogado sobre el ascenso del racismo.

El amo de la hipermodernidad exige dominio y exclusión. Aunque se vista de ayuda humanitaria, aunque ofrezca liberación de los pueblos, para lo que no importan los medios para alcanzar ese dominio.

Esto se capta, a mi gusto, más que lo otro, se capta más el gusto por la denuncia de lo propio y que arrastra a hacer tontería, de la brutalidad del oponente, de ese otro mundo oscuro del que poco sé pero que tiene una diferencia radical en relación a un real salvaje para la idiosincrasia occidental, inasimilable en una lógica de tragedia griega como lo define Miller, ubicando como triunfo islámico ese opuesto sin semblante.

La simpática adicción a las series, diseminadas en el planeta, permite suavizar estos asuntos, y una muestra de ello es que tenemos libertad para elegir qué, cómo y cuándo degustarlas en la comodidad de nuestro hogar.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

  • Freud, S. (1932-1933 [2008]) El Porqué de la Guerra. Obras Completas. Tomo XXII. Buenos Aires: Amorrortu.

  • Lacan, J. (1973 [2012]) Televisión. Otros Escritos. Buenos Aires: Paidós.