LO FEMENINO EN EL CINE

DIANA PAULOZKY
Psicoanalista (AME) en Córdoba, Argentina

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En el marco del curso “Clínica del detalle” que desde nuestro programa, dictamos el pasado año, en el CIEC, hemos trabajado “Lo femenino en el cine”; un tema tan apasionante como la película elegida: La Venus de las pieles de Roman Polanski (2013).

Es increíble cómo un director que ronda sus jóvenes 80 años, ha tomado la famosa novela de Sacher Masoch de 1870 de donde proviene, como sabemos, el término de masoquismo, y capta, y esa es la importancia de su film, lo atemporal de la mujer: su goce.

La película tiene un comienzo fantástico. Llueve. Y desde el único exterior, se abren las puertas a un gran teatro, en el que se jugarán los roles de sólo dos personajes, un hombre y una mujer, que en su intercambio de papeles se harán cuatro, o más…

A poco de empezar nos enteramos que él es el director de una obra: “La Venus de las pieles” en busca de una actriz. Ella, que lleva el mismo nombre de la protagonista, no sólo llega tarde al casting, sino que es vulgar, y tan tosca que se gana inmediatamente su desprecio, el de él.

¿Cuándo es que ella actúa? ¿Al llegar? ¿Cuando sube al escenario? ¿Cuando planifica las escenas? ¿O acaso siempre? ¿Cómo es que cambia insensatamente de personaje, manejando los tiempos de la pasión?

Quién es esta mujer que cuando se pone en el papel del personaje, cambia el tono, la voz, la mirada y sorprende porque no sólo lo sabe de memoria, sino que tiene la audacia de interpretar a su autor, que cae subyugado a sus pies.

Entonces todo cambia, en un vertiginoso giro de 180 grados.

Y nos preguntamos también nosotros, ya aturdidos, ¿quién es quién en este teatro de máscaras intercambiables?

Es que empieza otro teatro. Otro juego, en el que detrás de la piel de cordero, de una aparente tonta… aparece una leona que lo manejará todo. Ella, en su aparente y actuada ingenuidad, sabe lo que él no. Sabe no sólo el texto, sino que sabe sobre qué elementos iluminar. Ella se convierte en directora de escena, maneja las luces, los tonos, la ropa, critica el texto… y él, ya subyugado, se deja llevar olvidando la advertencia del propio texto: “Y Dios lo castigó poniéndolo en manos de una mujer”. Esa frase es la orientadora, tanto de la obra de Masoch como del film, llevado por “una mujer” Wanda o Vanda, según el papel, a hacerlo realidad.

Pero lo más interesante, para nosotros, psicoanalistas, es que el film no sólo nos muestra que la mujer no existe como universal, sino en tanto que una por una, sino que deja claro que la posición de la mujer será sólo un semblante presto a usarlo para quien quiera o pueda habitarlo.

Ella lo incrimina, le cuestiona no sólo el texto, sino su falta de compromiso y lo lleva a que él, actúe su parte sin el texto escrito, poniéndole el cuerpo, o sea le exige entrega y pasión.

Entonces, ya sometido a esa pasión, él estará perdido… Así, le contará un trozo de su historia, en el que una tía lo castigaba sobre una piel, lo que orientó su condición de goce sexual.

Eso es lo que él cree saber, pero lo que no sabe es que ya es preso de otra frase que aunque sus labios pronuncien, no podrá dimensionar, hasta el final, su verdadero alcance: “La vida hace de nosotros lo que somos, en un instante imprevisible”. ¿Acaso sabe él quién es? ¿Sabe cuál es ese instante imprevisible? No. No lo sabe y se deja subyugar por esa mujer que ya lo tiene en sus manos.

Lo que él film nos enseña es que no se trata del dualismo femenino-masculino, sino del juego de poder amo-esclavo. Y lo que está en juego es la posición de objeto.

En la primera parte veremos la astucia de ella para hacerlo entrar en la dialéctica y manejar la escena. Pero poco a poco aparecerá el estrago que es el modo en que se aplana todo juego fálico.

Podremos ver con claridad que cuando Lacan nos dice que una mujer es un síntoma para el hombre y no a la inversa (1975-1976), es porque él será su estrago…es una frase fuerte que constatamos, pero que me permito poner en cuestión.

De hecho el estrago aparece cuando el sujeto toma posición de objeto de goce y este es el caso. Desde aquella formulación hasta hoy han pasado casi 50 años y es indudable que el desorden de lo real, no es sin relación al cambio de los semblantes que la posición que ha tomado el lugar de la mujer, suscita.

Es ella quien será su estrago haciendo realidad la sentencia primera: “Y Dios lo castigó poniéndolo en manos de una mujer”. Es el goce superyoico, que acabará con todo atisbo de deseo.

Así termina la última escena: él atado a un elemento fálico de otra época, y ella danzando presa de un goce indecible, a su alrededor.

Es la maestría de Polanski que escenifica el poder de una mujer, que poniéndose en el papel de tonta, hace de él su objeto, atado e inmovilizado a un falo de cartón.

Un signo inteligente es que a pesar del poder que la mujer toma, no se pierde ni se confunde en la mascarada masculina. Por el contrario, es cuidando su lugar, desde ese fino borde, que maneja la escena. El hombre, nos dice Lacan, “sirve de relevo, para que la mujer se convierta en ese Otro para sí misma, como lo es para él” (1960, p.: 695)

Otro punto que el film destaca es que el goce de la mujer no es sin relación a la palabra.

De ese goce, la mujer tiene un saber que guarda en secreto. Y ese goce sin límite, no localizado, es un valor agregado, un plus que está más allá del falo.

Es un goce que se equipara al extravío y por eso es más adecuado a la mujer.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

  • Lacan, J. (1960): “Ideas directivas para un congreso sobre la sexualidad femenina”. En Escritos 2, Siglo XXI, Buenos Aires, 2011.

  • Lacan, J. (1975-1976 [2006]) “El Sinthome”. En El Seminario de Jacques Lacan. Libro XXIII. Buenos Aires : Paidós