HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE

ESTEFANÍA DIANA y MILAGROS GONZÁLEZ
Ciclo de Cine y Psicoanálisis de la Facultad de Psicología UNLP

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El último relato de la película Relatos salvajes (Szifron, 2014) titulado Hasta que la muerte nos separe, muestra el desarrollo de la fiesta de casamiento entre Ariel (Diego Gentile) y Romina (Érica Rivas) colocando en su centro, el momento preciso en que esa continuidad festiva se ve interrumpida. Haciendo una recorrida visual por las mesas de invitados, Romina capta que Ariel mantiene un diálogo cargado de complicidad con una compañera del trabajo. El instante de ver precipitó el despertar, el desconcierto, aturdimiento y horror. Romina esta vez no retrocede, busca su teléfono y llama al supuesto profesor de guitarra que tiempo atrás había llamado a Ariel y que, luego de que ella atendiera, del otro lado del teléfono, cortan.

En esta escena Szifron logra poner en escena el momento preciso en que se produce el viraje de lo esperado a lo absolutamente imprevisible. La continuidad de esa boda planificada en cada uno de sus detalles, estalla. La novia frente a un gran espejo, mirando hacia la mesa de los compañeros de trabajo de Ariel, llama a ese número que se volvió la clave de acceso a uno de los nombres de goce de Ariel, y que ella decidió agendar hasta nuevo aviso. El espejo le devuelve la imagen de la compañera de trabajo contestando el celular. Cuelga. Vuelve a llamar, y esta vez es vista por aquella otra, esa otra que también despierta a las consecuencias de su propio goce —asistir al casamiento de su amante— al verse descubierta.

Intento de comprender. En el momento del vals, Romina interpela a su marido preguntándole sobre esta compañera de trabajo y su relación con el profesor de guitarra. La pregunta no tarda en llegar: —“Ariel, ¿toda la mesa 27 sabe que te cogiste a esa mina?” La fiesta terminó, llegó el horror, la ira, la venganza y el pasaje al acto, nombres de las respuestas que intentan darle un borde a la angustia desbordada. Dice Lacan que “una mujer le puede perdonar cualquier cosa a un hombre, cualquier crimen, menos que no esté a la altura de su deseo por ella”. La sospecha de una posible infidelidad, hasta ese momento no era en sí mismo un problema para Romina, pero encontrarse con el goce de su partenaire en plena fiesta, habiendo invitado a su amante y exponiendo esto ante ella y todos los demás, lo destituía por completo del lugar del ideal, y por tanto, ella también quedaba destituida de ese lugar.

El desatino pasó al centro de la escena, más verdaderos y más reales que nunca.

Seguidamente, el encuentro con el cocinero en la terraza, y minutos más tarde la aparición de su marido buscándola, quien en principio en su ingenuidad masculina al ver el zapato piensa que se había tirado por la cornisa, pero no es así, la encuentra y se encuentra con el sin límite de ella, en el que vía el acting le exige a él una respuesta más justa a su dolor. ¿Hasta dónde es capaz de llegar una mujer traicionada? Va contra él y va con todo, lo amenaza con hacerle la vida imposible, revelar sus secretos más íntimos, torturarlo cada uno de sus días por lo que acaba de hacerle, y el día en que la muerte los separe —la de él—, quedarse con todos sus bienes. Este choque con lo desconocido de Romina, su versión más cruel, le produce asco, rechazo al punto que el cuerpo responde por lo que no puede decir: vomita.

Romina se siente traicionada en su creencia de ser todo para el Otro, y para descompletarlo, no duda en descompletarse ella misma en un acto sin límites. Frente a la mirada de todos, una vez que vuelve al salón, busca a la otra para hacerla bailar hasta estrellarla contra el espejo. Acto en el que se pone en escena que ya no hay más espejo narcisista para ninguna.

El amor, más verdadero. En el momento en que ambos, Ariel y Romina, están siendo asistidos por los médicos, ella tirada en el piso, desorientada y desarmada, se angustia y llora. Esto da lugar a un espacio y un tiempo distinto, en el que él la puede mirar sin horror. Localiza el sufrimiento en ella a la vez que se hace responsable de su propio goce y sus consecuencias —invitar a su amante a su casamiento, además de las reacciones de su madre que no hacen más que redoblar la posición infantil de Ariel—.

En ese instante, preciso y precioso, Ariel va más allá de los semblantes y las buenas formas para encontrarse con esa mujer con la que había decidido casarse, volver a elegirla, tenderle la mano y ayudarla a levantarse.

Casi al borde del escepticismo, con cierto grado de ironía y lucidez, Romina dice: —“demostremos que todo esto es mentira, pero lo del anillo es cierto”.

El amor no tiene garantías, el matrimonio tampoco las da, y eso es lo que esa noche, en esa fiesta, lo acontecido les enseña a estos novios. Perder el amor del otro, como bien enseña Freud, es una de las maneras de experimentar la castración, uno de los modos incluso de la angustia de muerte. De ahí que podamos leer el título haciéndolo resonar por fuera de la literalidad: hasta que la muerte —del amor— nos separe. Lo que permite hacerle lugar a un amor distinto al ideal, menos narcisista y más real, en el que la separación es una parte posible de sus juegos.