TENEMOS QUE HABLAR DE KEVIN

CARLOS GUSTAVO MOTTA
Psicoanalista en Buenos Aires, Argentina

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La riqueza de Tenemos que hablar de KevinWe need to talk about Kevin— (Ramsay, 2011) reside en que se puede abordar por varias aristas. Acabo de leer una reseña que menciona un análisis psicoanalítico para explicar que el comportamiento de Kevin es responsabilidad del rechazo que su madre proyecta desde el principio. Eva (Tilda Swinton) es una mujer independiente y viajera. Se dedica a hacer guías de ciudades, por lo que deducimos que disfruta su libertad por sobre todas las cosas. No es frecuente verla en Nueva York. Esto lo sabemos porque Franklin (John C. Reilly) le pide que no se vaya.

Eva y Franklin conciben a Kevin (Ezra Miller). Desde el principio, la directora nos expone las molestias que Eva siente durante el embarazo —esto no es ninguna novedad, otras mujeres han escrito sobre las incomodidades que el embarazo trae consigo—. Y luego llega Kevin. Un bebé que llora todo el tiempo, al grado que su madre prefiere escuchar cómo obreros taladran el asfalto que el llanto de su hijo. Sin embargo, al parecer el bebé posee una conexión con el padre que le falla a Eva porque, en sus brazos, el bebé es encantador y tranquilo. Incluso, me aventuraría a decir que sí existe una conexión entre él y Eva, y es que ambos parecen desagradarse profundamente.

Acusan a Eva —y aparentemente, en la narrativa ella también se culpa— de la falta de amor casi repulsión que siente hacia el hijo y una de varias interpretaciones incluso afirma que es esa falta de amor la que lleva a Kevin a convertirse en un asesino.

Este film sugiere varias premisas sin llegar a una conclusión, deja que el espectador especule ¿Cómo es que Eva podía amar a su hijo si le tiene miedo? Si después, poco a poco, va dándose cuenta del ser humano en el que puede convertirse y, de hecho, se convierte. ¿Cómo puede amar una persona cuyas acciones la hacen que se odie y se condene a sí misma? ¿A alguien en quien ve reflejado lo peor de ella? Si a esto le añadimos el hecho de que, desde que es un niño muy chiquito la desafía y pone de manifiesto que hace las cosas como él decide, entonces el resentimiento que nace entre ellos opaca al amor de madre.

Es cierto, Eva no parece tener una dedicación materna, si bien es una esposa sumisa que acata las decisiones de su marido con respecto a Kevin. Al parecer, el error de Eva es que nunca se impone sobre nadie: el marido la toma por loca cada vez que ella parece hablar de Kevin. Justifica todas y cada de una de las acciones del niño diciendo: —”Eva, he’s a sweet boy. Boys do that” —Eva, él es un niño encantador. Los niños hacen esas cosas—, cada vez que el niño estrella el pan con mermelada contra el vidrio, por ejemplo. Tampoco construye autoridad sobre el niño. La única vez que quiere hacerlo, le fractura el brazo y Kevin se da cuenta de que, ahora, tiene un elemento más para manipularla. Eva acepta el rol de madre sin encontrarse dispuesta. No está mal que no quiera ser madre, que no tenga instinto ni inclinaciones. El error es que se imponga la obligación como si fuera un trabajo. Y después quiere hacer bien ese trabajo y se encuentra a un niño como Kevin. La culpa consume a Eva.

Cree que, tal como a su homónima no le quedó más que acatar la expulsión del paraíso a raíz del pecado original, a ella no le queda más que aceptar que la vituperen como castigo por haber engendrado y mal educado un hijo que lastimó a la sociedad con sus actos.

Entre el dolor, la incertidumbre y la culpa crece en Eva una dependencia enferma hacia Kevin que se descubre ya avanzada la película, cuando ella pinta la habitación de la casa en la que vivirá sola, hasta que su hijo haya cumplido su condena.

Otro tema interesante que se presenta en la película es el de la maldad. ¿Se nace siendo malo o las circunstancias perfilan a la gente a cometer actos malos? ¿Kevin es un ser humano malo o la vida va haciéndolo malo? ¿O su madre lo hace malo? ¿Es malo? ¿O comete las acciones desesperadas por llamar la atención de su madre? ¿Realmente es Kevin capaz de cometer esos actos por llamar la atención de su mamá? A lo largo de la película, nunca se ve que Kevin sienta algo. Sí acaso sentirá satisfacción por arruinar los planes de una Eva. No hay explicaciones aparentes para que, un buen día, Kevin se levantara decidido a planear el asesinato de su familia y sus compañeros de escuela. Su casa es perfecta. No tiene carencias económicas. Sus padres no son sobreprotectores, si bien se preocupan por él. Ni siquiera padece de falta de atención, pues los padres lo atienden tanto como pueden. Su madre intenta amarlo, pero él no deja que ella lo ame. Es grosero. Provocador. Para reforzar las incógnitas que mencioné, nace un miembro más de la familia Khatchadourian: una hermosa hermana de Kevin, Celia, quien es educada de la misma manera y con la misma madre y crece como una niña dulce que busca desesperadamente el amor y la aprobación de su hermano mayor.

¿Cómo es que dos niños, con circunstancias prácticamente iguales, puedan ser opuestos? Hay quienes interpretan el desenlace de la película como una reivindicación de Kevin, como la aclaración final de que no era un psicópata. De que sí siente: Eva pregunta: —”¿Por qué lo hiciste?” Y él responde: —”Solía creer que lo sabía, pero ya no estoy tan seguro”. No hay que olvidar, sin embargo, que momentos antes uno de los diálogos de Eva devela que Kevin manipula al jurado para que le den una condena menor a la que en realidad se merece.

¿Será que aún en la escena final manipula a Eva como la manipulaba cuando, años antes, no hablaba, arrojaba la pelota o usaba pañal cuando ya sabía ir al baño?

Por supuesto, nuestros sentidos se exacerban con el lenguaje cinematográfico: los rojos están presentes con tantos matices como niveles de tensión tiene la película. Cada detalle está sumamente cuidado. El azul en la habitación de Kevin, un color frío para un ser humano frío. Las miradas de Kevin son siempre intensas, sin importar el actor que lleve el rol. Finalmente, la imagen en la que Lynne Ramsay, la directora, rinde tributo a la cultura pop resume la angustia de Eva, la sangre que manchó las manos de su hijo y que ella carga en las espaldas.

En el Discurso del Método (1637), René Descartes escribió que toda la organización de nuestras vidas depende de los sentidos y cómo el de la vista es el más comprehensivo y noble, no cabe duda de que las invenciones que sirven para acrecentar su poder se cuentan entre las más útiles que pueden existir. Advertido por el registro de lo Imaginario y guardándome de caer en las trampas del yo, entiendo que las contribuciones del Psicoanálisis a la producción cinematográfica son infinitas. Así como el Psicoanálisis ha influido en el cine, es el cine el que debe reflexionar y desarrollar su inscripción en la historia del pensamiento.

Ambos trabajos de elaboración se encuentran en sus rudimentos y ambiciono que esta interrelación —psicoanálisis<>cine— (Motta, 2013) resulte una introducción que permita desarrollar una herramienta futura y necesaria. Seguramente podamos establecer posibles articulaciones despejando de la frase pronunciada por Lacan (1975) “todo el mundo está loco” otra que decimos de modo habitual, “todo el mundo se hace su propia película”.

*Trabajo presentado en la jornada de inauguración del ciclo de cine del Centro de Estudios
Superiores en Psicoanálisis y Psiquiatría realizado el 7 de marzo de 2015 en el Auditorio
de la Alianza Francesa de Buenos Aires (sede Palermo). Versión completa del artículo en
www.carlosgustavomotta.com.ar

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

  • Motta, C. (2013) Las películas que Lacan vio y aplicó al psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós.