UN BREVE ELOGIO A LA TRISTEZA

MARIANA GÓMEZ
Psicoanalista en Córdoba, Argentina

Descargar PDF

Una niña de once años deja su hogar de toda la vida y se muda a San Francisco por decisión de sus padres. A partir de allí su vida empieza desmoronarse. Este es el argumento principal de la película. El otro, el que sostiene la historia en su dimensión ideológica, política y epistémica, es el de la existencia de una serie de emociones, cinco en total, que son las que comandan la vida de una persona y su lucha por medio de mecanismos de acción antagónicos: Alegría, Miedo, Ira, Asco y Tristeza. Todas ellas, en la fantasía de Disney, viven en el Cuartel General de su cabeza desde donde se dirigen los comportamientos cotidianos. Nada dice este planteo sobre otro tipo de emociones, sentimientos o experiencias. Ni vergüenza, ni moral, ni angustia. Ni resto.

La película ubica, entonces, en el momento traumático de la mudanza el origen de los males de Riley. No es la primera vez que el cine americano propone a un trauma infantil como causante de toda clase de desventuras. Este cine está lleno de estos ejemplos en donde, por ejemplo, si el sujeto ha sido abusado, huérfano o testigo de un crimen en la niñez, queda condenado a una existencia llena de tropiezos. Una especie de primera teoría del trauma freudiana.

Así, el acontecimiento de la llegada a esta nueva ciudad y la pérdida de su mundo cotidiano para esta niña será el inicio del dolor subjetivo y a partir del cual todo empezará a ir mal. La película desconoce, o al menos no dice mucho, sobre la otra perdida, la de su niñez, que está por dar paso a la pubertad. Tal vez, el verdadero trauma para ella.

¿Cómo logra salir del dolor? Apoyándose en sus padres. En aquellos que, paradójicamente, la pusieron en tal situación. Una pareja de padres heterosexuales con quienes conforma una familia convencional, una familia “bien constituida”. Y es este para mí el otro punto que marca la posición política e ideológica de los realizadores.

Es justamente a San Francisco donde ellos se mudan. San Francisco, la ciudad de los escritores de la generación beat, del movimiento hippie y el centro del movimiento por los derechos homosexuales. La ciudad donde se eligió a Harvey Milk como concejal y donde se lo asesinó por su lucha a favor de estos derechos.

Es allí donde la niña llegará y verá a esta ciudad, no como un pintoresco polo cultural e histórico, sino tal como el director la pinta: triste, sucia y gris. Allí es donde empezará su sufrimiento. Y son estos padres hetero, que contrastan con todo lo que representa esta ciudad, que nada tienen que ver con aquellas vanguardias, los que la ayudarán a reencontrarse con la felicidad.

Sin embargo, intentado sortear estas “incorrecciones políticas”, me centraré en un detalle que me pareció el más psicoanalítico de la película y es el hecho de que la protagonista logra apaciguarse a partir de ubicar otro acontecimiento, otra escena traumática que había tenido lugar anteriormente y que, podríamos decir, es resignificada con este último acontecimiento, el de la mudanza. Ella logra recordar e ingresar en su discurso aquel momento en el pasado en que había perdido una preciosa posibilidad para ella: el gol que no pudo ser en aquel partido de hockey.

Lo interesante es que esto se produce no sin pasar por la tristeza. Sirviéndose del, para mi mejor logrado personaje de la película —Tristeza—, y acercándose a ella, Riley logra salir de su atolladero e interrumpe el acto que la lleva a fugarse y que ponía en riesgo su vida. No es por la vía de Alegría —quien todo lo puede en su maníaca búsqueda de la felicidad— sino por la vía del recuerdo, de la elaboración de la vivencia traumática y triste, que el sujeto encuentra la salida. Detalle no menor en un film con aroma a familias “normales y felices” y a manipulación cognitiva.