(DE)VELADA OSCURIDAD VIRTUAL DE LAS NEOTECNOLOGÍAS

OMAR GAIS
Lic. en Filosofía

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Si el hombre no cerrara a veces soberanamente los ojos terminaría por o ver ya lo que merece verse. René Char

En veinte años habremos terminado con el lenguaje, ese instrumento torpe y lento con un ancho de banda despreciable que dificulta o impide una intelección plena e inmediata …con un dispositivo que ya diseñan los japoneses o los coreanos tendremos telepatía y dos cerebros o muchos se relacionarán de manera instantánea”. “La senescencia negligible ingenierizada ya logra extender la vida de organismos simples manipulando un gen”. “A comienzos del siglo XXI y gracias a satélites de órbita baja los gemelos de su camisa o los pendientes de su esposa tendrán mayor poder computacional que su actual PC de escritorio”. Viene la Internet de las cosas. Y con tele-esto, ciber-lo otro, nano-lo de más allá, no habrá basura —definida ahora como materia prima en el lugar incorrecto— ni alzheimer ni otras patologías que podremos prever y controlar genéticamente y muy pronto, en 2045, curaremos la enfermedad del envejecimiento y morirá la muerte”. Así hablan los entusiastas magos vendedores de humo tecnológico, sin víboras en el cuello ni pociones oscuras de donde brote aquél en volutas azulado.

Mientras eso va llegando —no les importa qué puedan tele-decirse dos cabezas conectadas o los gemelos de su camisa sino el gadget, el dispositivo que hace la conexión; que por cierto es atractivo pero debemos seguir creyendo que si lo que se comunica es la última oferta del S6d4 o el iAlgo recién llegado no habremos ganado mucho—, agradezcamos en Black Mirror (Endemol: 2011) una mirada que no celebra las sofisticaciones recientes de las máquinas de comunicar. Que más bien teme y profetiza. O explora y adivina y arriesga imaginativamente otras derivas virtuales de las máquinas en manos de los lobos. Pues no se trata sólo de las máquinas. La pura luz de los vendedores del humo tecnológico se opaca hipalagéticamente y los lobos en esa fina serie marchan obscuri sola sub nocte per umbras.

Como en los experimentos Köhler con chimpancés, uno puede preguntar y razonar al modo de los investigadores atados al protocolo “científico” o bien con la cabeza de un poeta, filósofo, escritor, artista. ¡Señor, damos gracias por la literatura! De la chimpancé criada como un humano que pone su foto con las de los humanos y no con las de sus congéneres, los científicos ofrecen una lectura digamos “prudente”; el poeta —la novelista Costello/Coetzee— cree que puede haber interpretaciones menos obvias: prefiero estar entre los que entran y salen libremente antes que con los que siguen encerrados, por ejemplo. O frente al tipo que cuelga los plátanos de un cable alto o los pone lejos del alcance de Sultán (¿Pedro el Rojo de Kafka?) y después agrega cajas o un palo para ver cómo se las arregla el mono, la pregunta desprotocolizada del bicho tal vez sea “¿Por qué se ha molestado conmigo y no me da la comida?”, “¿qué hice para distanciarlo?”. Y en cambio cada vez, “científica y sistemáticamente”, “se obliga a Sultán a tener el pensamiento menos interesante. De la pureza de la especulación —¿Por qué se comportan así los hombres?— es empujado incansablemente a una razón instrumental inferior y práctica —¿Cómo se usa esto para alcanzar aquello?—”.

Es la distancia entre ciertas lujosas series norteamericanas recientes y la sutileza británica del Espejo Negro. En varias de aquellas caras producciones aparece lo que muchos analistas llaman “des-institucionalización”, “de-simbolización”, o semejantes. En su léxico, y en resumen, nothing works: lo que hacen los héroes de nuevo tipo, Gregory House (House MD. Fox, 2004), Jack Bauer (24, Fox, 2001), Dexter (Dexter, Showtime, 2006) o el antihéroe que se “rompe a malo” (Breaking Bad, AMC, 2008) es lo que no pueden hacer las instituciones existentes y formalmente en pie para dar salud, seguridad, justicia. Para responder a un tipo que la está pasando mal y tiene rabia. Variantes más o menos cínicas o de anclaje ético flexible del viejo mito que constituye la identidad cultural y política USA, el individualista self made man galopando con bríos de caballo joven.

Black Mirror hace otra cosa. Y si porta una huella de Kulturpessimismus del protestantismo anglosajón ajeno al american dream no hemos de llorar por ello. El primer episodio de la primera temporada, The National Anthem, deja ver su preocupación con/por las tecnologías de información/comunicación, las viejas y las nuevas en plena convergencia, el televisor que se hace inteligente y las computadoras o los smartphones en manos incluso de los niños. Sobre tal base tecnológica, ese primer episodio hace foco en “la mirada”. Una sociedad que mira, que quiere ver, y ver todo. Incluso lo que no se daba a ver o no se podía ver: prohibición moral o imposibilidad técnica. Extorsionado con el secuestro de un miembro de la familia real, el Primer Ministro británico se ve conminado al comercio sexual con un cerdo —¿es más asqueroso decir “con una cerda”?— en escena televisada para el gran público. Llegada a las redes y ¡de inmediato!, ¡sin tiempo!, “viralizada”, la noticia del acontecimiento ominoso alcanza los canales de tv que se ven arrastrados por la marea comunicacional para consentir. Justo es decir que algunos periodistas en algunas redacciones intentan pujar por los valores clásicos de la profesión y se niegan a entrar en la difusión del hecho indigno —¿asco?, ¿vergüenza?, hay cosas que los seres humanos no hacemos—. Sutil es mostrar que tardan pocos segundos en ser derrotados. Aplastados incluso. Por los otros periodistas y la marea. En cuestión de pocas horas, contra el trabajo de los servicios del gobierno, el anuncio es conocido por decenas de miles de personas. Centenas, millones. Todos. Es la sociedad de la comunicación generalizada, la sociedad “tomada por la comunicación”, ahora transparente, conminada, auto-empujada, a ver todo —”de la videocámara al satélite geo-estacionario a la resonancia magnética y a la pericia psicológica, la matriz es la misma”—. Pulsión escópica ahora empujada al límite, promovida, facilitada, por los espejos que, ya no negros, sino brillantes, proceden a desmoronar todas las fronteras de lo in-visible. Para completar la fórmula arriesgada arriba: ¿posibilidad técnica = des-prohibición moral? Pero —sutileza del artista— se muestra así que el asunto no es sólo de tecnología sino también “de cultura”. ¿De qué sociedad se trata? ¿Qué sujeto está en juego? ¿Qué clase de subjetividad es ahora blanco de esas imágenes, portadora de esa mirada? ¿La serie no debería titularse con justeza y sin sorpresa Black Subject? El impresionante despliegue de la maquinaria audiovisual sólo cobra sentido porque una sociedad expectante quiere recibir todas las imágenes de todas las pantallas. Sobre todo lo que se pueda ver. El artista no pone en discusión la fisiología del Primer Ministro, cómo arreglárselas para funcionar con el animal. No está preocupado por la cabeza de un chico de doce años al tanto de todo. No contrasta el exhibido descrédito de los políticos con el presunto respeto por la realeza. No se pronuncia sobre el comportamiento del colectivo periodístico. Todo eso está pero no es centro. El centro es ¡el público! El sujeto. Nosotros… que somos ahora miradores. Voyeurs protésicos habilitados sin culpa. Y las máquinas portan allí un estatuto apenas instrumental. Lo que está mal —recia palabra calvinista que la sociedad mirona desprecia (caso de entenderla)— es querer ver, querer ver eso.

El asunto pues es el Black Subject, un Sujeto Negro… que es en realidad un gris aguado tirando a blanquecino sin color. Un cabeza hueca disponible para todo y cualquier cosa que le ofrezca sensaciones y cuyo humor alimenta la maquinaria que lo alimenta porque está suelto de pertenencias, de relatos con algún anclaje, de memorias, ideales o proyectos.

White Subject —como sería justo llamar a la serie conforme a ese primer episodio, aunque es dudoso que el director lo acepte— es una primera propuesta que damos gratuitamente a los ingleses (en realidad pediremos que devuelvan las Malvinas). Descolorido tonto liviano disponible a merced de las máquinas con la ilusión de manejarlas para obtener sensaciones (más dudas) es un poco largo aunque empíricamente ajustado: hace foco en el individuo de la caída de los relatos, del fin de los ideales, de una sociedad que no puede dar una imagen de sí misma y se nombra como post-algo o hiper-lo otro.

El sujeto fabricado por la sociedad contemporánea percibe distraídamente que “el cielo está vacío”, que “Dios ha muerto”. Está mirando alguna pantalla. Y a miles de kilómetros del nihilismo lúcido y tenaz exigido por un Nietzsche para construirse sin ilusiones desde ese piso, se arroja gustoso a lo que el operador ocasional le dé para ver.

Sobre todo cuando casi no se escuchan ya voces que defiendan el silencio o la distancia. La opacidad, la prohibición, el tabú. ¿Cuánta transgresión soporta un grupo humano antes de dejar de serlo? ¿Hay prohibiciones fundadoras? ¿Somos lo que han hecho de nosotros? Eso no se come, eso no se dice, eso no se ve. ¿O somos el sujeto absoluto? Suelto, des-sujetado, ilimitado, “libre”.

“El Himno nacional”, primer episodio de Black Mirror, pone todo esto sobre el paño. Y aunque su preocupación por la tecnología es central —hasta dar título a la serie— señala en contrapunto y con sombría brillantez al sujeto que opera las máquinas, de uno y otro lado del aparato. Hacedor de las máquinas y hecho por ellas, dialéctica pero desigualmente. Porque cuando la tecno-ciencia inyecta en el deseo humano de ver la creencia y la promesa de que se podrá ver todo; cuando las prótesis nos habilitan para cruzar los límites de nuestro aparato perceptivo y abrirnos al conjunto de lo humano y natural, y no hay voces jurídicas o filosóficas o antropológicas que puedan sostener un “no”, un “eso debe quedar fuera de la escena”, aquel deseo cambia, se desnaturaliza. Evoluciona hacia formas que no son mejores necesariamente.

La tecnología no determina situaciones; antes bien habilita, hace posible —y excluye consecuentemente— pero no tiene el control total del proceso. Está obligada a pasar después por el medio espeso de la cultura, que refracta, demora o impide. Aunque en ocasiones acompaña.

Black Mirror es en realidad Black Subject. A condición de no ver en ese “Negro” alguna nobleza oscura. De vampiros bramstokerianos capaces de atravesar oceans of time para encontrar a su amada. Por eso la traducción correcta sería Sujeto Transparente, Hombre sin gravedad. El individuo que tiende a fabricar la sociedad del presente en la orgía de máquinas de comunicar y ver es un released subject, un sujeto ilusoriamente suelto, desatado, sin ancla… un pobre tonto confundido.