CIUDAD DE DIOS, CIUDAD DEL UNO

MARIANA GÓMEZ
Psicoanalista en Córdoba, Argentina

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Ciudad de Dios (Meirelles, 2002) es el nombre de una favela en Rio de Janeiro. Es el lugar donde nacen y viven dos chicos; Ze Pequeño (Leandro Firmino) y Buscape (Alexandre Rodrigues), cuyas historias se cruzan y se separan al mismo tiempo, cada una empujada por un modo de satisfacción singular.

Ciudad de Dios, lejos de ser un “no lugar”—como nombraba Marc Auge (1993) a aquellos espacios desprovistos de singularidad y subjetividad, los lugares de tránsito, como los shoppings, los aeropuertos, las estaciones de servicio— es, más bien, un todo lugar, o un lugar todo.

Todo exceso, puro gozar. Un espacio donde lo ilimitado y la satisfacción más pura y dura es lo que impera, aunque, no sin sufrimiento.

Podríamos decir que ambos, Ze Pequeño y Buscape, tienen éxito en las vicisitudes de sus pulsiones. Ze Pequeño, comandado por su pulsión, irrefrenable desde niño, terminará convirtiéndose en el narcotraficante más temido y respetado de Rio de Janeiro. Sus objetos de goce: las armas y las drogas. Encuentra, finalmente, lo que irremediablemente buscaba, su propia muerte.

Buscapé, de manera diferente, logra un modo de hacer con las terribles piezas de su desconocido capturaba el cuerpo de su compañero, Velludo, que acababa de morir asesinado a balazos. Termina, así, mirando la vida a través de la lente. Como un modo de defensa entre él y el horroroso mundo. Pero también, entre él y su propio agujero. Y hace de eso, un medio de vida.

Esta película, una verdadera y preciosa obra de arte, me ha enseñado y me ha permitido pensar sobre dos ejes de trabajo para extraer de ellos algunas consecuencias epistémicas.

Por un lado, el campo de las compulsiones, como fenómeno que encontramos en la clínica y raíz de diversas patologías; y por el otro, el concepto lacaniano de extimidad. Los abordaré en ese orden.

COMPULSIVOS. ESO QUE NO CESA

Dice Ze Pequeño: “Un bandido no se detiene”. Esta es para mí la frase que marca lo compulsivo en esta película. Eso que no cesa.

Fue Freud (1920 [2007]) quien primero trabajó el fenómeno de la compulsión. Y lo hace fundamentalmente en 1920 cuando descubre la pulsión de muerte y nos dice que ella se nos presenta como compulsión de repetición. La compulsión de repetición está más allá del principio de placer y es lo que lleva al sujeto a actuar en contra de su propio beneficio. Entonces, el sujeto no puede detenerse en ese acto, compulsivo, que puede llevarlo, incluso hasta la muerte. Hay un no detenerse. Un imperativo inconsciente. Así, encontramos lo compulsivo en ciertos actos, ciertas situaciones, en la vida que se repiten una y otra vez. Repetir siempre la misma historia en la vida, en la elección de pareja, en lo laboral, situaciones de las cuales el sujeto puede ser consciente de ello pero, sin embargo, caer una y otra vez en la misma trampa. Así, lo trabaja el mismo Freud en su obra Más allá del principio de placer (1920 [2007]).

Para Lacan, lo compulsivo se trata de un modo de satisfacción o de un goce solitario que acontece y donde el cuerpo del sujeto es el protagonista. Porque la satisfacción es siempre del cuerpo. Uno del goce que se repite en el cuerpo. Retorna siempre al mismo lugar, más allá del sentido.

Un goce que itera y abre el cuerpo a lo ilimitado. Y como no hay modo de hacer pasar dicho goce por los desfiladeros de la palabra, en esta iteración no hay pérdida de goce, sino repetición cada vez, como nos lo decía Fabián Fajnwaks (2015) en el último Seminario Internacional del CIEC.

Esta iteración, entonces, es la reiteración de los efectos producidos en aquel impacto originario que subyace en el encuentro traumático entre cuerpo y lenguaje. Es la iteración del Uno.

Es el cuerpo, en definitiva, el que empuja al más y más. Y esta tiranía del cuerpo, muchas veces, responde u obedece a hacer existir algo que no hay. Tiene que ver con un vacío subjetivo difícil de soportar, como parece ser el de Ze Pequeño. Este vacío, este dolor de existir, hace que un sujeto busque irrefrenablemente algo que lo distraiga de su soledad, del desamparo, del sufrimiento.

Se trata de un real fuera del campo del Otro, que no se dirige al Otro. Es el Uno sin el Otro. Un punto de goce desabonado del inconsciente, como lo trabaja Lacan en su Seminario 3 (1955-1956 [2007]).

A este lugar puede venir también el consumo de objetos, de drogas, de sexo, de porno. Como modo de llenar ese agujero. Entonces, “eso que no cesa” se apodera del sujeto y se fija allí.

Ze Pequeño no puede dejar de matar, en el extremo de la iteración. El director lo muestra implacable. Sin culpas ni remordimientos. Pura satisfacción. Un goce solitario, donde está sólo él. A pesar de que lo veremos derrumbarse a partir de la muerte de su amigo. De su partenaire en la vida. Lo único que él tenía.

EXTIMIDAD. ODIAR EL GOCE DEL OTRO

Ciudad de Dios es un lugar donde no impera la ley del Otro, más bien, la ley del otro perverso. Y entremedio se cuela el horror. Niños con pistolas, tráfico de drogas y abandono. Esto hace que cada uno se rija por su propio goce. Esto es lo que produce la violencia, dice Miller (2010).

Pero la cuestión es que, como decía Freud, es imposible amar al otro. Y esto, porque yo mismo no me amo. Y entonces, se trata de que uno se reconoce en el otro.

Jacques Lacan en su Proposición del 9 de octubre sobre el psicoanalista de la Escuela nos advertía: “Nuestro porvenir de mercados comunes será balanceado por la extensión cada vez más dura de los procesos de segregación” (1967 [2012] p.276). El segregacionismo es aquella política que tiene como práctica separar, excluir al Otro. Un otro que generalmente es minoría. Se trata de apartar al diferente.

De allí que tanto Freud —con su teorización sobre el “narcisismo de las pequeñas diferencias”— como Lacan, se hayan interesado por los fenómenos de segregación para concluir, Lacan, que las comunidades, las fraternidades están atravesadas por un goce que expulsa lo extraño en el Otro pero al mismo tiempo, en uno mismo.

Lacan (1958-1959 [1995]) inventa una palabra para nombrar esto: extimidad, neologismo que une dos términos: lo íntimo, por un lado, y lo extranjero o extraño, por el otro. Esta palabra nos ofrece una topología para situar lo que vacila entre interior y exterior a través de dos círculos de representaciones.

El concepto de extimidad nos permite entender que el acto de la segregación es el odio al goce del Otro. Esto es lo que podemos captar en el horror del racismo moderno, en donde no basta con cuestionar al Otro y en donde se puede advertir algo más que la agresividad, aunque ésta implique a la violencia.

No se trata sólo de agresividad imaginaria que se dirige al semejante. En el racismo se odia la manera particular en la que se imagina el goce del Otro. Se trata del odio al goce del Otro. Se odia especialmente la manera particular en que el Otro goza, nos dice Miller (2011). Pero que en realidad, se trata del odio a sí mismo, de manera éxtima.

La película muestra claramente esto: hay dos bandos que tienen orígenes más o menos comunes, con costumbres parecidas, y sin embargo, se odian. Y hasta buscan razones para el odio. Especie de puntos de abrochamiento discursivos que den sentido al sinsentido. Por ejemplo, en la escena en donde se les pregunta a cada uno por qué quiere servir para dicho bando.

Entonces, extimidad es un concepto que nos lleva a pensar en aquella satisfacción que no es ni interior ni exterior, sino ambas cosas a la vez, y que impide en definitiva, como lo vimos en esta película, el lazo social y la posibilidad de un encuentro con el otro. Aunque se compartan desgracias, carencias y opresiones.

Por último y para concluir, encuentro que se trata de una película donde siempre aparece el dos, más que el tres. Dos amigos, dos bandos, dos salidas diferentes. Y lo paradójico es que en la Ciudad de Dios, que hace referencia a un padre, al Dios padre, no hay lugar para un tercero. Para lo que en psicoanálisis llamamos un nombre del padre, un tercer registro que pueda introducirse, en la relación imaginaria del dos. Tal vez, por eso, como un modo de invocarlo, fallidamente por cierto, esta ciudad se haya hecho llamar así: Ciudad de Dios.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

  • Auge, M. (1993) Los no lugares Espacios del anonimato. Antropología sobre la modernidad. Barcelona. Gedisa..
  • Freud, S. (1920 [2007]) “Más allá del principio de Placer” en Obras Completas. Volumen XVIII. Buenos Aires: Amorrortu editores.
  • Lacan J. (1967 [2012]) “Proposición del 9 de octubre de 1967. Sobre el psicoanalista en la Escuela” en Otros Escritos. Buenos Aires: Paidós.
  • Lacan, J. (1955-1956 [2007]) “Las psicosis” en El seminario de Jacques Lacan, Libro 3. Buenos Aires: Paidós.
  • Lacan, J. (1958-1959 [1995]) “La ética del psicoanálisis”en El seminario de Jacques Lacan, Libro 7. Buenos Aires: Paidós.
  • Miller J.- A.(2010) Extimidad. Buenos Aires: Paidós.
  • Miller, J.-A. (2011-1012) “El ser y el Uno”. Curso de la Orientación Lacaniana. Inédito.
  • Najles, A. R. (2013) Delicias de la intimidad. De la extimidad al sinthome. Buenos Aires: Paidós.