EN LA OTRA ORILLA DE LA TONADA

JORGE CASTILLO
Psicoanalista en Córdoba, Argentina

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Vivimos con entusiasmo una suerte de edad de oro del cine cordobés. En esta primavera con muchas flores y algunos —no pocos— frutos en sazón hemos visto surgir, no una industria sino algo quizás mejor: una comunidad de trabajo. Realizadores, actores, técnicos, críticos. También salas, videoclubes, revistas, ¡público! Un movimiento vivo, joven, luminoso. Auspicioso para una ciudad conservadora como la nuestra, tan lejos del mar y tan poblada de cuarteles, iglesias y universidades.

Desde nuestro programa, Cine Psicoanálisis y Otras Miradas (PICPOM) del CIEC, hemos querido beneficiarnos de esta agitación invitando a dialogar en nuestras actividades a algunos de sus protagonistas como los realizadores Rosendo Ruiz (De Caravana, 2011) y Mariano Luque (Salsipuedes, 2014), y también al crítico Roger Koza.

Lo que se ha dado en llamar el boom del Cine Cordobés obedece a causas múltiples y quizás imposibles de desentrañar completamente. Sin embargo sería impensable sin que un otro externo lo reconociese. La prensa especializada, el circuito de los festivales, los realizadores foráneos, dan sobradas cuentas de que el cine cordobés ha logrado pasar al otro. Hacerse un pequeño lugar en ese gran Otro del mundo del cine.

Quiero detenerme sobre este último punto, a saber, la forma en que se hace el pasaje al otro. Para el psicoanálisis, este es un tema crucial ya que la experiencia analítica tal como la concibe Lacan, está presidida y orientada por el pase: un dispositivo que soporta la idea —al menos como posibilidad— de que al final del recorrido, lo que se dice en la intimidad análisis y bajo la más estricta confidencialidad, sea trasmitido al público —en el más abarcativo de sus sentidos— por el mismo analizante.

Elijo, para mi elucubración lacaniana un detalle, un divino detalle, pequeño y valioso como una joya: la cuestión de la tonada.

Creo que es posible constatar un cambio en el modo de tratamiento que el cine de Córdoba hace de la tonada, y creo también que ese cambio está en relación directa con este logrado pasaje al Otro.

Tradicionalmente, la tonada cordobesa ha tenido dos formas tratamiento, tanto en el cine como en la televisión, la radio y el teatro: el disimulo y la hilaridad. Para el psicoanálisis, estas dos modalidades están en relación directa con lo que Lacan llamaba “la figura obscena de superyó”: la experiencia de la satisfacción pulsional en su costado negativo, sufriente, insoportable.

Se intenta reprimir la tonada con la intención de acomodarse a un ideal que estaría en el Otro. Un ideal neutro, puro y petrificado. El mecanismo del superyó —identificado primero por Freud y reformulado luego por Lacan— lleva a que esa satisfacción que se rechaza por el ideal, se acumule siempre en el mismo lugar de su sacrificio.

Aquello que llamamos “tonada”, el modo de entonar o de acentuar las palabras, delata nuestro lugar de origen, la capilla a la que pertenecemos. Es una marca de goce que podemos asociar al concepto lacaniano de lalengua escrito todo junto, si lo entendemos como la huella que deja el lenguaje en el cuerpo más allá de cualquier efecto de significación o intento de comunicación.

La tonada, el cantito, pone de manifiesto también el valor del objeto voz en la pulsión invocante. Su efecto en el cuerpo es inexplicable en tanto cae por fuera de la lógica significante. Podríamos delirar, inyectar sentido en el fenómeno y extraviarnos en él. No llegaríamos a ningún lado respecto de esas cosquillas en el cuerpo con las que los artistas del varieté han sabido hacer tanto dinero. Se da la razón aquí a Lacan, quien planteaba que el objeto de la pulsión, que él transformó en su objeto a, es equivalente a la plusvalía de Carlos Marx.

La explotación humorística de la tonada cordobesa nos reenvía al concepto del superyó en tanto que el humor es una de sus formas privilegiadas de tramitación. Sin embargo, es evidente que es un camino muy estrecho comparado con las posibilidades que ofrece la sublimación que Freud pensaba como la forma de satisfacer la pulsión sin pasar por la represión. En cambio, se trata aquí de la sátira que, colocando al objeto en el lugar del desecho, nos deja nuevamente en la oscuridad que dibujan la risa y el rubor. Entre las cosquillas y la parrilla, que es para Lacan el recorrido del goce.

En las películas que hoy se filman en Córdoba, nos encontramos con actores que no actúan de cordobeses sino que simplemente actúan —bien o mal— pero sin el trabajo extra que implica defenderse de la tonada; y en esta falta de defensa hay una ganancia de placer, al menos para el espectador.

En Lacan tenemos una premisa, una aspiración que es a la vez una suerte de fórmula del análisis que nos orienta en la práctica: ir más allá del padre a condición de valerse de él. No se trata de una fórmula edípica —aunque para un neurótico pueda serlo— sino de una concepción más general del goce en el cual el padre no es más que parte de las ficciones que un sujeto puede urdir para construirse un ser ahí donde solo hay agujero. Un agujero que no es metafísico ni existencial sino que es experiencia inefable en el cuerpo.

Ir más allá del padre implica desprenderse de la historia como destino y transformarla en una caja de herramientas. De ella podemos servirnos eligiendo los fragmentos que nos sirvan para con-vivir con el extraño tubo de nuestro cuerpo. Se trata de un saber hacer allí que implica necesariamente la invención.

El cine de Córdoba tiene eso para enseñarnos, no lo que podemos hacer con nuestra tonada cordobesa —como rasgo identificatorio de masas— sino con la tonada de cada uno, la insoportable, la inacallable materialidad de nuestra propia voz.

Normalmente en el psicoanálisis pensamos al cine relacionado al objeto mirada, sin embargo desde El Cantante de Jazz (Crosland, 1927), o sea desde la llegada del cine sonoro, el objeto voz ha ido cobrando cada vez más relevancia. Pienso que podemos incluir en este registro de satisfacción, no solo a la voz humana sino en general a todo el espectro acústico asociado a la imagen en movimiento a la que llamamos cine.